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FRANKENSTEIN

Frankenstein no es el monstruo.

El monstruo es la mirada.


El fin de semana vi Frankenstein de Guillermo del Toro.

Una joya. Pero no por lo estética…

por lo incómoda.


Porque te deja pensando en eso que evitamos mirar:

¿cuánto de lo que rechazamos… es solo forma?

¿Cuántas veces confundimos lo distinto con lo peligroso?

¿Cuántas veces sentenciamos sin conocer?


Nos enseñaron —sin decirlo—

que lo bello es bueno

y lo “raro” es amenaza.

Que lo armonioso merece amor

y lo amorfo… rechazo.

Y ahí está el problema.

No en el monstruo.

En el lente.


Porque no es la cicatriz lo que asusta,

es lo que proyectamos sobre ella.

¿Cuán profundo tenemos ese código?

¿Desde cuándo lo repetimos sin cuestionarlo?

¿Y qué tan dispuestxs estamos a romperlo?


Yo también caí.

En los primeros minutos de la película

di por sentado que Victor era el bueno

y que ese cuerpo amorfo que lo perseguía

era el malo.

Sin dudarlo.

Sin cuestionarlo.

Sin conocer la historia.

Automático.

Ahí me encontré.

En ese lente teñido de prejuicio

del que es tan fácil hablar…

hasta que lo habitás.

Y entonces entendí algo peor:

No solo miramos así.

También manipulamos desde ahí.


Victor lo sabe.

Sabe cómo funciona esa lógica.

Sabe que su imagen juega a su favor.

Sabe que el otro —por cómo se ve—

ya está condenado.

Y lo usa.

Una y otra vez.

Se esconde en ese prejuicio.

Lo alimenta.

Lo capitaliza.

Hace que todos crean

que el monstruo es el otro.


Y nadie duda.

Porque encaja.

Porque es más fácil.

Porque confirma lo que ya creíamos.

Pero Victor…

no es inocente.

No es bueno por cómo luce.

No es correcto por cómo habla.

No es víctima por cómo se presenta.

Victor, a pesar de su forma aceptada,

su inteligencia,

su lugar en el mundo,

su “normalidad”…

también es capaz de crear dolor.

De abandonar.

De destruir.

Y ahí se rompe todo.

Porque entonces ya no podemos seguir sosteniendo

que lo feo es lo malo

y lo bello es lo bueno.

Porque entonces el peligro

no siempre tiene cicatrices.

A veces tiene discurso.

Tiene estatus.

Tiene aprobación.

Y no es menor quién escribió esta historia.


Mary Shelley.

Una mujer que tuvo que publicar su obra sin nombre.

Como si su voz necesitara permiso.

Como si su mirada —tan profunda, tan incómoda—

no pudiera ser propia.

Tal vez por eso entendió tan bien al monstruo.

Porque también sabía lo que era ser mirada

como algo que no encaja.

No es sólo la expectativa lo que duele.

Es el abandono.

Es no poder ser miradx con amor

por quien te dio existencia.

Es existir…

sin ser aceptadx.

Y entonces el monstruo no nace.

Se construye.

En cada rechazo.

En cada mirada que no abraza.

En cada expectativa que pesa más que la propia identidad.

Aceptar que un hijx es quien es

y no quien imaginamos…

no es un acto automático.

Es un acto de amor profundo.

Consciente.

Valiente.

Porque amar de verdad

no es moldear.

Es mirar

y aún así

elegir.

Porque al final, todo vuelve a lo mismo:

El amor no es un extra.

Es la base.

Es el lugar seguro.

El único lugar deseado.

Y cuando no está…

todo duele más.

todo pesa más.

todo se vuelve más frío.

Si no hay amor,

que no haya nada.

Pero si hay amor…

que alcance para mirar distinto.

Para dejar de juzgar cuerpos, formas, historias.



Para dejar de crear monstruos donde solo hay humanidad.