El amor también crece

El amor también crece.

El amor también crece.


Durante mucho tiempo nos hicieron creer que el amor era algo que explotaba o se apagaba.
Que si no ardía, no valía.
Que si no desbordaba, estaba roto.
Que si cambiaba, había que reemplazarlo.


Y no.
El amor también crece.


Crece como todo lo vivo: con ciclos, con pausas, con estaciones distintas.
Con momentos de flor y momentos de raíz.


A los 50 —o cerca, o después— aparece una distinción fundamental:
no es lo mismo sostener que aguantar.


Aguantar es callarse.
Aguantar es quedarse por miedo.
Aguantar es resignarse.
Aguantar es apagar partes de una para que la relación sobreviva.


Sostener es otra cosa.
Sostener es elegir con los ojos abiertos.
Sostener es hacerse cargo.
Sostener es acompañar sin anularse.
Sostener es construir algo que respire, no algo que apriete.


El amor que crece no se aguanta.
Se sostiene.


Vivimos en una época donde todo parece reemplazable.
Lo que no funciona, se tira.
Lo que incomoda, se cambia.
Lo que se gasta, se descarta.


Pero esa lógica sirve para los platos descartables.
Para los cubiertos de plástico cuando no tenés ganas de lavar.
No para las personas.
Mucho menos para los amores.


Las personas no somos descartables.
Los vínculos tampoco.


El amor a los 50 se planta frente a esa idea y dice:
no todo lo que cambia está roto.
A veces está creciendo.


Amar después de los 50 no es repetir fórmulas viejas.
Es rediseñar.


Rediseñar acuerdos.
Rediseñar tiempos.
Rediseñar expectativas.
Rediseñar la idea de “para siempre”.


No desde la fantasía, sino desde la realidad.


Porque ya sabés quién sos.
Qué no querés.
Qué sí necesitás.
Y qué no estás dispuesta a negociar nunca más.


El amor que crece se reinventa.
No para gustar.

Para ser habitable.


El amor a esta edad no promete intensidad eterna.
Promete presencia.



No promete mariposas constantes.
Promete caminar al lado.

Es un amor que entiende que hay días de flor: cuando todo se abre, brilla y perfuma.


Y días de raíz: cuando no se ve nada, pero se sostiene todo.


Ambas etapas importan.
Ambas son amor.


Re-elegir no es quedarse por inercia. Es quedarse por conciencia.


Es decir: te veo como sos hoy, no como fuiste ni como imaginé que serías.
Y aún así, te elijo.


El amor que crece no idealiza.
Acepta.
No exige perfección.
Exige verdad.

No se trata de amar como a los 20.


Se trata de amar con la madurez que dan los años, las caídas, las reconstrucciones.

El amor también crece cuando deja de ser cuento y se vuelve vida.

Y eso —aunque no siempre sea espectacular— es profundamente revolucionario.

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